La opción de revisar los contenedores es más que atractiva, sin embargo, puedes perder un tiempo que marque la diferencia al final. Además, tendrías que abrirlos y que contuvieran algo verdaderamente útil. Del tema de la electricidad, mejor ni hablar. No sabes muy bien si serviría para algo.
Sigues pensando a la velocidad del rayo y, de repente, las lecciones de ciencias naturales del maestro Sridêr vienen a tu cabeza:
Los virus son seres verdaderamente peligrosos. Su única función es buscar el núcleo de una célula viva y usarlo para reproducirse. Una vez dentro de un organismo, son muy difíciles de doblegar, casi imposible si llegan al núcleo. ¡Ah! Pero si impedimos que entren; eso es otra cosa. Fuera del organismo son relativamente fáciles de eliminar. Unos son más resistentes que otros, pero podríamos resumir que, con mucha agua y jabón, podemos liquidarlos.
El maestro terminó aquella explicación con una sonrisa. Como si hubiera hecho una broma con el agua y el jabón, ya que en aquellos días las hormonas y la falta de higiene jugaban malas pasadas en clase.
Tú también sonríes. Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Empower —susurras, sintiendo como tus músculos se hacen más poderosos nada más pronunciar el hechizo.
Ya eres rápida, pero inicias una carrera frenética en dirección al virus gigante. Éste, por un momento parece dudar, pero pronto continúa su carrera hacia ti.
Tienes que distraerlo lo suficiente como para llegar a los extintores y la boca de riego. Si todo sale bien, la batalla será breve.
Cuando estás a poco más de tres metros del engendro amagas un cambio de dirección hacia la derecha, con la esperanza de que tu contrincante muerda el anzuelo. ¡Ha picado! En ese momento, dejas caer todo tu cuerpo sobre tu pierna derecha, te impulsas con toda tu fuerza, saltando hacia el otro lado varios metros. Al caer, no te detienes y esprintas para llegar cuanto antes a tu objetivo, con la esperanza de que la treta te haya hecho ganar tiempo.
Llegas a la boca de riego, te giras, y observas que el virus está terminando de recuperarse de tu finta. Perfecto, todo según lo previsto. Ahora toca esperar a que esté más cerca. Un poco más, un poco más… ¡Ahora!
Abres la boca de riego con dificultad, a persa de tu super fuerza, y un chorro de agua a presión impacta de lleno contra tu enemigo. Éste, se para en seco y retrocede un poco.
Es ahora o nunca. Observas a tu alrededor, y ves una docena de extintores distribuidos por todo el almacén. Apenas te quedan unos minutos de super velocidad; tienes que aprovecharlos. Tomas el más cercano y empiezas a rociar al engendro mientras corres a por el siguiente. Has de darte prisa, la presión del agua se va agotando y, aunque parece que funciona, tienes que deshacerte de él por completo.
Sigues con tu carrera, vaciando un extintor tras otro. Notas que las piernas te arden. Los cuádriceps parecen a punto de estallar y tu respiración recuerda a la de un viejo tractor de labranza. Sin embargo, te fuerzas a seguir corriendo, recogiendo todos los rociadores que llegan a tu alcance. Cuando agarras el último, ya apenas trotas como calentando antes de una carrera. Cuando lo vacías sobre lo que era tu enemigo, apenas queda nada de él: una pequeña mancha verde que se diluye con el último tiro de espuma.
¡Lo has conseguido! Pero estás exhausta. Antes de que puedas reaccionar, te desmayas.
Cuando abres los ojos, la luz de la mañana te da los buenos días. Estás en tu dormitorio, en la Escuela de Caballeros y Damas de Dragón. Frente a ti, el maestro Sesyam, te mira con ternura mientras te sujeta la mano.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntas.
—Tres días.
—¡Tres días? —gritas, llena de asombro.
—Llevaste tus capacidades al límite —responde el maestro de portales—. Lo conseguiste, pero casi no sobrevives de puro agotamiento —termina—. Lo siento.
—¿Lo sientes? —preguntas aún más sorprendida—. ¿Por qué?
—Eso no era lo que tenía que pasar. Así no era tu prueba —dice con tristeza—. Iba a ser más sencilla, pero te encontraste con esto.
—…
—Te he propuesto como maestra adjunta, a mi cargo. Quiero enseñarte todo lo que puedas aprender.
—…
Sesyam sonríe y te suelta la mano con ternura.
—Mañana hablaremos con más calma. Termina de recuperarte y disfruta de tus vacaciones.
Estás abrumada. No sabes muy bien qué pensar, mucho menos qué hacer. El cansancio empieza a apoderarse de ti. Tienes que descansar. Mañana será otro día. Y, casi sin darte cuenta, te deslizas en un placentero sueño donde descansas en tu bosque sobre la hierba fresca de Emporiom.
Estás sola. El capitán ha seguido tus instrucciones y ha salido como las balas para avisar a todo el que pueda. Estás frente al contenedor, esperando que lo que quiera que hay dentro lo haga saltar en pedazos y comience el baile. Estás preparada, física y mentalmente. Tienes tu magia, aunque tu poder no es ilimitado y tendrás que elegir muy bien qué hechizos usar antes de agotarte.
Repasas mentalmente todo lo que tienes: hechizo de rapidez, de fuerza, iluminación, inteligencia, tranquilidad, regeneración… No sabes lo que vas a encontrar, pero estás dispuesta a darlo todo.
El ruido de metal retorciéndose te saca de tus pensamientos y te hace mirar tu objetivo. El contenedor se está resquebrajando, comienzan las primeras roturas y, a través de ella, tu visión aumentada comienza a detectar los virus. Son cientos de millones de bolas feas con trompas por toda su superficie, minúsculas, ridículamente pequeñas que tu hechizo de visión verdadera te permite ver con todo detalle. En cuanto te detectan van hacia ti como un enjambre de mosquitos. Sin embargo, tu protección contra la enfermedad hace que resbalen sobre ti, revoloteando a tu alrededor sin hacerte daño. Bloqueas su percepción y te centras en lo que está a punto de salir.
Es tremendo. El contenedor termina de explotar, dejando al descubierto una criatura horrorosa. Una versión gigantesca, como un pequeño dragón dorado, de los microorganismos que te rodean. Te busca. Parece ser consciente de que sus pequeños soldados no pueden hacer nada contra ti, y se enfurece cuando los ve caer por no poder infectarte. De repente, todas sus trompas suenan a la vez, provocando una cacofonía disfónica que suena a cabreo del fuerte. Ahora levita, y comienza una lenta carrera hacia ti. Parece estar midiéndote, pensando la mejor forma de acabar contigo.
No sabes muy bien cómo hacerle frente. Le dijiste a Garrat que era un robot, pero no tienes muy claro que eso sea del todo cierto. Ahora que lo ves de cerca, parece un virus. ¿Cómo pudiste equivocarte aún con el hechizo activo? Tal vez, el contenedor…
El sonido insoportable vuelve a salir de sus trompas, atronando tus oídos y clavándote al sitio. Debes de estar dando una imagen patética. Pero, ¿qué puedes hacer?
Comienzas a moverte, haciendo que el engendro cambie de dirección, buscándote. Caminas en círculo a su alrededor, mientras piensas que puedes hacer. Parece que la fuerza física no te servirá en esta ocasión, pero no tienes una magia ofensiva que pueda derrotarlo con facilidad. Mientras caminas a en torno a él, vas observando el almacén: los extintores contra incendio y una boca de riego; los otros contenedores, perfectamente apilados, tal vez podrían servirte si almacenaran algo interesante; un panel de recarga de las carretillas mecánicas, electricidad, al fin y al cabo; y tus hechizos, seguro que alguno, combinado con cualquier cosa que haya por aquí debería darte, al menos, tiempo.
Ahora crees que es el momento de utilizar la rapidez. Te concentras brevemente y susurras la palabra mágica: quick.
Todo se ralentiza. Los nano virus estás casi parados; están muriendo. El engendro sin embargo no es tan lento. Has ganado velocidad, parece haberse dado cuenta de tu movimiento. Tienes un punto de ventaja, pero muy cortito. El bicho parece una caja de sorpresas.
Bien, ahora eres muy rápida, ¿qué vas a hacer con esa velocidad en los cinco minutos que tienes?
Ha llegado el momento de que tomes la iniciativa. Tanto si es una prueba como si está pasando en realidad, no puedes estar todo el tiempo quejándote o cuestionándote que haces aquí. O te vas o te quedas: no hay termino medio.
—Abra la puerta, Garrat —tengo ganas de acabar con esto y me importa un pepino si es una prueba o es real. Estamos aquí y vamos a terminar ahora.
No sabes muy bien si el tono que has utilizado, la determinación que demuestran tus palabras o la sorpresa por haberlas pronunciado hacen que el capitán te mire por primera vez en todo este tiempo con admiración y respeto.
—Claro, Rewa —asiente mientras pulsa un botón junto al almacén—. Ahora, tú mandas.
Algo en lo que acaba de decir tu acompañante te chirría profundamente en el cerebro, pero no es tiempo de pararse en esos menesteres. La puerta que tienes frente a ti se abre con el mismo sigilo que las demás de la estación y te deja el camino libre. Das un paso y penetras en lo desconocido. Se trata de una sala enorme, cuadrada, de unos cuarenta metros de lado. Algunos contenedores se apilan unos junto a otros en perfecto orden, a la izquierda. A tu derecha, sólo hay uno. Parece lanzado contra el suelo a toda prisa, como si quemara, y se encuentra completamente aislado.
—¿Cómo los introducís? —preguntas, recabando información.
—Desde arriba —responde Garrat, señalando al techo—. Hay unas compuertas que se deslizan y conectan con las dársenas.
Asientes. Tiene sentido.
—Así que ese es el motivo de que el contenedor —dices señalando el que piensas que es— esté como está. Un mal depósito.
El capitán se permite una sonrisa con tu chiste y asiente.
—Déjame que me prepare.
—¿Qué vas a hacer?
—Vamos a investigar un contenedor desconocido con un posible extraterrestre en su interior —repasas—. Ya estoy protegida contra la enfermedad, pero habrá que buscar herramientas para que la investigación sea rápida y certera.
—¿Y? —insiste.
—Voy a realizar un hechizo.
—Y tienes que buscarlo en tu libro… —Garrat parece decepcionado.
—No, pero…
¡A la porra! No tienes porque dar explicaciones ni impresionar a nadie.
True vision, susurras.
Todo se te olvida en cuanto el hechizo surte efecto. Lo sientes todo diferente: los sonidos son más intensos, más precisos; tu visión es más nítida, como los televisores humanos de última generación 8k; tu olfato te golpea con una fuerza que casi habías olvidado… y en ese momento miras el contenedor. Lo que ves te llena de preocupación y luchas para controlar el miedo como no recuerdas haber hecho nunca.
—Capitán, es mejor que se vaya y avise a quien tenga que avisar, esto se va a poner muy peligroso.
Garrat te mira a medio camino entre la sorpresa y el miedo. Qué te ha pasado a ti y qué es lo que estás viendo deben de ser algunas de las preguntas que pasan por su cabeza.
—Eso es mucho más peligroso de lo que pensábamos —dices por fin—. Efectivamente no es un ser vivo, ni siquiera un virus…
—¿Entonces?
—Es una máquina creada para esparcir multitud de agentes patógenos. El contenedor está completamente a reventar. Nos salva que esos contenedores son herméticos.
—Pues ya está. Dejemos a la dichosa máquina confinada.
Aspiras fuerte y te preparas para lo que ha de venir.
—La máquina está a punto de destrozar el contenedor. También tiene armas físicas. No sé quién nos mandó este regalo, pero quiere destruir toda vida conocida. Debe ir a informar, capitán.
—Y tú, ¿qué harás? —pregunta tu compañero, completamente aterrado.
¿Qué vas a hacer si no? Recuerdas a tu amigo Floren y lo que estaría diciendo en este momento: Deja a los p* virus y vámonos a casa. Sonríes, seguro que diría eso, pero iría contigo a investigar el contenedor.
—¡Vamos! —exclamas por fin—. Vamos antes de que me arrepienta.
El capitán Garrat sonríe con la mirada, que no con sus labios y comienza la marcha. Conforme avanza camino, parece que gana fuerzas y, a los pocos minutos, ya parece totalmente recuperado. No dejas de pensar que esto es una prueba, pero conforme pasa el tiempo, las cosas te parecen demasiado reales.
—No sabemos lo que vamos a encontrar —la voz del capitán se cuela entre la nebulosa de tus pensamientos. No sabes si ha dicho algo más, pero tu asientes, siguiéndole el juego—. Puede que sea un cargamento contaminado, algo en los conductos de ventilación de la nave o…
¡Uy, uy, uy! Esa “o” en el aire te ha hecho temer lo peor. Y Garrat ahí la deja. Parece que quiere que le preguntes.
—¡O qué! —chillas a punto de perder los nervios—. ¡Qué me voy a encontrar ahora?
O puede que haya una criatura extraterrestre que sea la causante de todo esto.
Por un momento te lo tomas en serio, pero luego recuerdas que el ordenador de abordo ha dicho que no había signos vitales en la estación.
—El ordenador ha dicho que no hay signos vitales en la estación.
—Los virus no son seres vivos —apunta el capitán—. Creo que hay algún tipo de organismo extraterrestre que nos ha infectado a todos y…
—¿Y piensas que hay un virus gigante, mandando nano virus para conquistar el mundo?
Casi te ríes, casi… porque el capitán Garrat está asintiendo a cada una de tus palabras.
—¡Venga! —insistes.
—¿Tan descabellado te parece? —Sí te lo parece. Claro que te lo parece. Un virus gigante conquistando el universo infectando…—. Una elfa, dama de dragón y conocedora de la magia del universo. ¿Sí?
Sigues pensando que es una locura, pero desde luego, una locura que podría tener sentido.
Los últimos metros del trayecto los hacéis en silencio. El descreimiento está dando paso a la sospecha, y ésta esta dejando su hueco para el miedo. ¡Por el Glaciar, que está harta de todo!
—Hemos llegado.
Efectivamente, habéis llegado. Estáis en frente a una puerta enorme en uno de los laterales de las dársenas.
STORE 01.
—Ordenador. Abrir —dice el capitán.
“Abriendo”
Las dos hojas de la puerta se deslizan hacia los lados sin hacer ruido, dejando a la vista un corredor de unos veinte metros con dos puertas a cada lado.
—Está en la puerta 2 —anuncia Garrat—. Dentro hay varios contenedores. El teniente Logan se las arregló para colocarlo en su lugar, no sé cómo, pero ahí está. ¿Entramos?
Tú eres testaruda, pero el capitán lo es más aún. Le harás caso y bajarás a las dársenas para dar su mensaje… ¡No! ¡Qué diantres! Tú eres quien se está enfrentando a esta situación y tú eres quien tomará la decisión. Lo tienes claro. Has recordado un hechizo que aprendiste en la escuela y que puede ayudarte ahora mismo.
Sueltas tu mochila de la espalda, te arrodillas frente a la puerta y la dejas en el suelo. La abres y sacas tu libro de hechizos: un cuaderno forrado de cuero de tamaño cuartilla donde se encuentran tus más preciados tesoros. Haces memoria. Estabas a punto de terminar el curso, de hecho, es un hechizo que muy pocos pueden hacer, a ver… ¡Aquí está!
Este hechizo permite al lanzador proyectar un aura protectora alrededor del objetivo. Esta aura lo protegerá durante doce horas de cualquier tipo de enfermedad, ya sea vírica, bacteriana o mágica. Si el hechizo se realiza de forma consecutiva, durante un mes, esta protección se hace permanente durante todo el año. No es aplicable a enfermedades ya existentes.
Para que el hechizo se haga efectivo, el lanzador debe susurrar “inmune” y el hechizo surtirá efecto de forma inmediata.
—Inmune
—¡Capitán! —exclamas—. ¡Capitán!
—¿Todavía estás aquí? —la voz indignada de Garrat te hace sonreír—. ¿Qué os enseñan en la escuela hoy en día!
—Tranquilo, capitán —dices todo lo templada que puedes para tratar de calmarlo—. Acabo de hacerme inmune a cualquier enfermedad que estéis padeciendo. Ni virus, ni bacteria ni magia pueden hacerme daño ahora.
Después de tu parrafada, el silencio se adueña del ambiente. Sabes lo que está pensando, tienes que darle un poco de espacio.
—¿No queda nadie en la nave? —pregunta por fin—. ¿Nadie?
Puedes mentirle, pero no tienes necesidad, así que decides contarle la verdad.
—No lo sé —empiezas—. Desde que vine de la sala de control no he visto a nadie, pero no he estado en todos los lugares de la estación.
—No podemos…
—Pregúntale al ordenador de abordo. Que haga un escáner o algo…
—¡Claro! —exclama—. Definitivamente este maldito bicho me ha comido la sesera. Ordenador: análisis de actividad vital en la estación.
“Realizando”
Durante unos instantes el silencio más absoluto vuelve a hacerse dueño del lugar.
“Análisis negativo”
—Tú ganas —escuchas por fin.
Un sonido a descompresión seguida de un pop grave precede a la apertura de la puerta. Poco después, el capitán Garrat se presenta ante ti. Se trata de un hombre mayor, alto y delgado con el pelo rubio canoso. Aun así, y a pesar de estar enfermo, proyecta un aura de mando extraordinaria.
—Y tus compañeros… —te atreves a balbucear.
—Están hibernando. Era la única solución. Yo estoy mejor, así que he de suponer que estoy pudiendo con la infección. —Detiene su voz grave y cansada, y continua—. El teniente Logan murió. El fue el paciente cero.
Asientes, sin saber muy bien qué decir o qué hacer. Sin embargo, el capitán no te deja regodearte.
—Quieres saber qué paso —no es una pregunta.
Vuelves a asentir
—Es una larga historia, pero no tenemos tiempo —parece pensativo, pero al final continúa—. Dado que eres una alumna preparada de la escuela, creo que voy a contarte algo, y tú decidirás después lo que hacer.
Te estás poniendo nerviosa, no esperabas nada de lo que está pasando, pero es lo que te toca vivir.
—El virus, pues de eso se trata, proviene de un contenedor situado en el almacén de la estación. Llegó en una nave de carga, y aquí está lo raro, cuyo único pasajero era el teniente Logan —el capitán respira hondo, como buscando fuerzas—. Ese contenedor está aquí y creo que debemos examinarlo.
Las palabras de Garrat caen sobre ti como un jarro de agua fría. ¿Dónde quedó lo de ir a avisar al Palacio de Plata? ¿Es todo esto parte del examen o está pasando en realidad? ¡Por todos los dioses!
Tienes que reconocer que has estado tentada de buscar las lanzaderas en el mapa. Tu instinto te pide huir, pero tu entrenamiento, tu corazón y tu cabeza saben que tienes que buscar al capitán. La idea de encontrar a la tripulación que queda en la estación se te ha metido en la cocorota.
—Hospital —ordenas por fin.
“Hospital”
Frente a ti aparece un holograma del mapa completo de la estación. Un punto parpadea en azul, en el panel de control; esa eres tú. Otro punto rojo parpadea en el extremo opuesto. Hay marcada una ruta en verde que une los dos puntos. Memorizas todos y cada uno de los detalles y comienzas tu marcha.
Estás frente a la puerta situada a la izquierda de la consola de mando. Está cerrada, pero ya crees saber cómo funciona la estación.
—Abrir —ordenas.
“Abrir”
La hoja se desliza hacia un lado con rapidez, dejándote el camino libro para seguir tu ruta. En apenas unos minutos, tienes frente a ti la puerta que andabas buscando: Camarote Médico.
—Abrir —repites de forma tan cansina como en las últimas doce veces
“Negativo”
La voz del ordenador de abordo te sorprende. No esperabas esto. ¿Qué puede suceder?
—Abrir —dices ahora con más gana.
“Negativo” “Protocolo de aislamiento”
¡Claro! ¿Cómo has podido ser tan despistada! Hay una posible epidemia en la nave, el capitán y los médicos deben de haberse aislado en la habitación.
Tienes que conseguir entrar en el camarote o, al menos, que los que están dentro reparen en ti. Pruebas con golpes, gritos, arañazos… nada parece funcionar hasta que, de repente, se te ocurre algo que quizá pueda funcionar.
—¡Ordenador! —Llamas con esperanza.
“Esperando órdenes”.
Sientes alivio y la emoción empieza a recorrer tus venas.
—Comunicación con el camarote médico.
“Llamando…”
Esperas unos segundos que se hacen eternos hasta que al final, un hilo de voz suena a través de los altavoces del ordenador de la estación.
—¿Sí? ¿Ha venido la flota de Theleros?
—No… —balbuceas—. Soy una estudiante de la Escuela de Caballeros y Damas de Dragón, estoy de examen final y…
—¿Cómo! —la voz al otro lado parece recuperar la energía—. ¿Eres amiga de Bastian y de D’horim?
Conoce a los maestros Bastian y D’horim, cómo es posible… El pensamiento hace que desconectes de forma temporal de todo lo que te rodea. Cuando vuelves en ti te das cuenta de que estás musitando un sí apenas audible.
—Entonces seguro que puedes ayudarme —oyes a la voz decir con vehemencia—. No te detengas conmigo. Ve a las dársenas de carga, coge una nave de abastecimiento y ve al Palacio de Plata, en Theleros. Cuéntales lo que está pasando aquí.
—Pero… —dudas—. ¿Y vosotros qué?
—Nosotros llevamos quince días aquí, pero hasta que no lleguemos a cuarenta no podemos salir. Es demasiado peligroso.
—Pero, ¿tenéis todo lo que necesitáis? ¿Cuántos sois? ¿Estáis bien?
Durante unos segundos no obtienes respuesta. De repente, ésta llega nuevamente con un hilo de voz.
—Lo importante es que no contagiemos a nadie.
Deduces que morirán. Bien por la enfermedad, bien por la falta de agua o alimentos. Tal vez por una combinación de ambas. Nuevamente te asalta la duda. ¿Qué hacer? En tu libro de hechizos tal vez encuentres algo que pueda ayudarte, y es evidente que más tarde o más temprano tendrás que buscar esa nave. La cuestión es, ¿dejarás a la tripulación y al capitán Garrat a su suerte o intentarás ayudarles?
—¡Escúchame, niña! —interrumpe una voz tus pensamientos—. No te hagas la heroína. No mueras por nuestra culpa. Lo primero es lo primero.
Como si de un resorte se tratara, las palabras del capitán han hecho que tomes una decisión.
Tu primera intención es abrir la puerta que tienes a tu derecha. Está tan cerca que apenas si te da más opción. Sin embargo, decides que es mucho más interesante echarle un vistazo al cuadro de mandos. Te diriges hacia él con parsimonia, saboreando cada uno de los pasos como si no estuvieras muy segura de que todo lo que estás viviendo es real; un sueño parece.
Cuando llegas frente al lugar, quedas profundamente sorprendida. ¡Aquello es un caos! Frente a ti tienes un panel vertical con varios metros de ancho. Pantallas, botones, índices en idiomas que no conoces, algunos en idiomas que sí has estudiado, sonidos… En perpendicular a ese panel, justo bajo tus manos hay otro panel tan ancho como el anterior pero mucho más estrecho: ranuras, botones, luces, más sonidos extraños… y, de repente, el icono de lo que parece un micro justo frente a ti.
Pulsas el botón, casi por inercia, sin pensarlo, y una voz metálica te habla directamente a ti:
«Esperando instrucciones”
La voz te sorprende, ha usado tu idioma, el idioma de los elfos, o inglés como lo denominan en la escuela. El pensamiento te saca una sonrisa y parte de la tensión que te atenaza desaparece.
“Esperando instrucciones”
Otra vez. ¿Qué puedes hacer? Tal vez debas improvisar un poco.
—Ayuda —se te ocurre de repente.
“Para conocer los comandos de ayuda, observe la pantalla A”
Te fijas en todo el panel y, tras casi un minuto buscando, descubres una pequeña pantalla en la esquina superior izquierda con un listado de comandos. Maldices tu despiste, tienes toda la sensación de estar perdiendo el tiempo. Por fin ves parte de la lista:
INICIO
MENÚ PRINCIPAL
MENÚS SECUNDARIOS
MENÚ DE REPARACIÓN
ÚLTIMA ORDEN PROPORCIONADA
Al principio te sientes aturdida con la información, posteriormente los conocimientos sobre tecnología humana vuelven a ti y empiezas a sentirte a gusto.
—Última orden dada —pronuncias con voz monocorde.
“Ultima orden dada”
La voz metálica del ordenador de abordo repite tus palabras. Al instante, una gran pantalla holográfica se despliega frente a ti mostrando una película.
“Informe de daños”
Así que esa fue la última orden dada: informe de daños.
En la grabación se desglosan una serie de daños:
DAÑOS DE LA ESTACIÓN: 0,5%
DAÑOS DE SOFTWARE: 0,5%
DAÑOS DE SERES VIVOS: 45%
DAÑOS LEVES: 80%
DAÑOS GRAVES: 19%
DAÑOS MORTALES: 1%
PRONÓSTICO PARA LOS PRÓXIMOS MESES:
La voz metálica de la computadora es sustituida de repente por una grabación etiquetada con el nombre de Capitán de Estación Jeremy Garrat:
La infección se propagará con lentitud. Al principio pasará desapercibida, la población ni siquiera sabrá de su existencia pues los ocupantes de la estación se han ido sin conocerla. Apenas hemos tenido víctimas. Los enfermos estamos confinados en el camarote médico esperando que vengan a recogernos. Si tardan mucho no sobreviviremos. Espero que las autoridades competentes reciban este mensaje.
Observas los ficheros que existen y, comparados con los más recientes, este tiene tres días. Como mínimo tres días… y nadie ha venido a investigar. Tienes que hacer algo, no puedes quedarte frente al panel.
—Menú principal
“Menú principal”
La voz repite tu orden y despliega un nuevo submenú:
GENERAL
AJUSTES
MAPAS
…
No dejas que lleguen a cargarse todas las opciones.
—Mapas —ordenas.
“Mapas”
Con la orden repetida, llega un nuevo listado:
LANZADERAS
HOSPITAL
PUENTE DE MANDO
DÁRSENA
OTROS
Lanzaderas. Allí puedes huir de aquel lugar y llegar a algún planeta. Desde las lanzaderas será más fácil todo. Sin embargo, empiezas a dudar. Si vas al hospital hallarás el camarote médico y podrás ayudar al capitán de la estación y a sus compañeros.