ECDD. Elige tu destino. Capítulo Final.

La opción de revisar los contenedores es más que atractiva, sin embargo, puedes perder un tiempo que marque la diferencia al final. Además, tendrías que abrirlos y que contuvieran algo verdaderamente útil. Del tema de la electricidad, mejor ni hablar. No sabes muy bien si serviría para algo.

            Sigues pensando a la velocidad del rayo y, de repente, las lecciones de ciencias naturales del maestro Sridêr vienen a tu cabeza:

            Los virus son seres verdaderamente peligrosos. Su única función es buscar el núcleo de una célula viva y usarlo para reproducirse. Una vez dentro de un organismo, son muy difíciles de doblegar, casi imposible si llegan al núcleo. ¡Ah! Pero si impedimos que entren; eso es otra cosa. Fuera del organismo son relativamente fáciles de eliminar. Unos son más resistentes que otros, pero podríamos resumir que, con mucha agua y jabón, podemos liquidarlos.

            El maestro terminó aquella explicación con una sonrisa. Como si hubiera hecho una broma con el agua y el jabón, ya que en aquellos días las hormonas y la falta de higiene jugaban malas pasadas en clase.

            Tú también sonríes. Ya sabes lo que tienes que hacer.

            —Empower —susurras, sintiendo como tus músculos se hacen más poderosos nada más pronunciar el hechizo.

            Ya eres rápida, pero inicias una carrera frenética en dirección al virus gigante. Éste, por un momento parece dudar, pero pronto continúa su carrera hacia ti.

            Tienes que distraerlo lo suficiente como para llegar a los extintores y la boca de riego. Si todo sale bien, la batalla será breve.

            Cuando estás a poco más de tres metros del engendro amagas un cambio de dirección hacia la derecha, con la esperanza de que tu contrincante muerda el anzuelo. ¡Ha picado! En ese momento, dejas caer todo tu cuerpo sobre tu pierna derecha, te impulsas con toda tu fuerza, saltando hacia el otro lado varios metros. Al caer, no te detienes y esprintas para llegar cuanto antes a tu objetivo, con la esperanza de que la treta te haya hecho ganar tiempo.

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            Llegas a la boca de riego, te giras, y observas que el virus está terminando de recuperarse de tu finta. Perfecto, todo según lo previsto. Ahora toca esperar a que esté más cerca. Un poco más, un poco más… ¡Ahora!

            Abres la boca de riego con dificultad, a persa de tu super fuerza, y un chorro de agua a presión impacta de lleno contra tu enemigo. Éste, se para en seco y retrocede un poco.

            Es ahora o nunca. Observas a tu alrededor, y ves una docena de extintores distribuidos por todo el almacén. Apenas te quedan unos minutos de super velocidad; tienes que aprovecharlos. Tomas el más cercano y empiezas a rociar al engendro mientras corres a por el siguiente. Has de darte prisa, la presión del agua se va agotando y, aunque parece que funciona, tienes que deshacerte de él por completo.

            Sigues con tu carrera, vaciando un extintor tras otro. Notas que las piernas te arden. Los cuádriceps parecen a punto de estallar y tu respiración recuerda a la de un viejo tractor de labranza. Sin embargo, te fuerzas a seguir corriendo, recogiendo todos los rociadores que llegan a tu alcance. Cuando agarras el último, ya apenas trotas como calentando antes de una carrera. Cuando lo vacías sobre lo que era tu enemigo, apenas queda nada de él: una pequeña mancha verde que se diluye con el último tiro de espuma.

            ¡Lo has conseguido! Pero estás exhausta. Antes de que puedas reaccionar, te desmayas.

Cuando abres los ojos, la luz de la mañana te da los buenos días. Estás en tu dormitorio, en la Escuela de Caballeros y Damas de Dragón. Frente a ti, el maestro Sesyam, te mira con ternura mientras te sujeta la mano.

            —¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntas.

            —Tres días.

            —¡Tres días? —gritas, llena de asombro.

            —Llevaste tus capacidades al límite —responde el maestro de portales—. Lo conseguiste, pero casi no sobrevives de puro agotamiento —termina—. Lo siento.

            —¿Lo sientes? —preguntas aún más sorprendida—. ¿Por qué?

            —Eso no era lo que tenía que pasar. Así no era tu prueba —dice con tristeza—. Iba a ser más sencilla, pero te encontraste con esto.

            —…

            —Te he propuesto como maestra adjunta, a mi cargo. Quiero enseñarte todo lo que puedas aprender.

            —…

            Sesyam sonríe y te suelta la mano con ternura.

            —Mañana hablaremos con más calma. Termina de recuperarte y disfruta de tus vacaciones.

            Estás abrumada. No sabes muy bien qué pensar, mucho menos qué hacer. El cansancio empieza a apoderarse de ti. Tienes que descansar. Mañana será otro día. Y, casi sin darte cuenta, te deslizas en un placentero sueño donde descansas en tu bosque sobre la hierba fresca de Emporiom.

 

FIN

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