Como muchos ya sabéis, este año preparo oposiciones. Os dejo un pequeño vídeo de muestra para qué veáis a que voy a dedicar mi tiempo libre este año. 😀
Gracias A Edu Padial por su gran material de apoyo.

Como muchos ya sabéis, este año preparo oposiciones. Os dejo un pequeño vídeo de muestra para qué veáis a que voy a dedicar mi tiempo libre este año. 😀
Gracias A Edu Padial por su gran material de apoyo.

Hoy quiero hablaros de Noah. Noah es un niño de siete años de mi clase de primero. Es cariñoso, divertido, inquieto, juguetón y, aunque es difícil de llevar a veces. Cuando él no está la clase no es la misma: más tranquila, menos estresante, pero infinitamente menos feliz.
Y es que, Noah tiene un trastorno del espectro autista (TEA). Cuando a principios de curso supe que iba a estar en mi clase, me alegré, mucho. Pero hice trampa y por eso me alegré tanto. Me explico. Conocí a Noah cuando estaba en infantil. No sé el motivo, pero conectamos desde el primer momento; nos gusta la música, nos encontramos bien el uno con el otro y nos divertimos mucho. Por eso, cuando este curso me tocaba cambiar de ciclo, vi que tenía muchas posibilidades de que me dieran la tutoría de primero y con ella a Noah. Entonces empecé a preocuparme: una cosa era llevarme bien con un niño y otra muy diferente dar clase a un niño autista. Y en ese momento, todos los viejos tópicos sobre el autismo pasaron por mi cabeza. Decidí formarme, hablar con mi compañera de Pedagogía Terapéutica (PT) y aprender lo que pudiera en ese corto espacio de tiempo para estar preparado.
En una semana, mis miedos se convirtieron en alegría: no sería fácil trabajar con Noah, pero no más difícil que con cualquier otro niño. Las semanas fueron meses y, con el paso del tiempo, me di cuenta de lo poco que se sabe (o se quiere saber sobre el autismo). Con la ayuda de mis compañeros, Noah va progresando, a veces más rápido, a veces más lento. Pero lo que tengo muy claro es que, de momento no tiene límites y trabajaremos para que no los tenga.
Soy consciente de que hay muchos retos por delante, para mí, pero sobre todo para Noah y su familia (su gran apoyo y pieza angular del gran niño que es). Su madre es una luchadora nata y gracias a ella, estamos viendo muchos progresos.
En fin, para terminar, que me voy liando y no tengo fin. Quería aprovechar esta pequeña entrada para agradecer a la vida que haya puesto a Noah en mi camino, porque cada día me llena de tanta energía y alegría, que las dificultades dejan de ser tan difíciles.
Siempre espero con impaciencia el momento del día en que viene hacia a mí, con su mirada de bribón y me dice:
-Maestro Pedro, quiero un abrazo.
Entonces, me derrito y con toda mi energía recibo y doy ese abrazo tan maravilloso que la vida me ofrece.
Un gran abrazo a todos.
La opción de revisar los contenedores es más que atractiva, sin embargo, puedes perder un tiempo que marque la diferencia al final. Además, tendrías que abrirlos y que contuvieran algo verdaderamente útil. Del tema de la electricidad, mejor ni hablar. No sabes muy bien si serviría para algo.
Sigues pensando a la velocidad del rayo y, de repente, las lecciones de ciencias naturales del maestro Sridêr vienen a tu cabeza:
Los virus son seres verdaderamente peligrosos. Su única función es buscar el núcleo de una célula viva y usarlo para reproducirse. Una vez dentro de un organismo, son muy difíciles de doblegar, casi imposible si llegan al núcleo. ¡Ah! Pero si impedimos que entren; eso es otra cosa. Fuera del organismo son relativamente fáciles de eliminar. Unos son más resistentes que otros, pero podríamos resumir que, con mucha agua y jabón, podemos liquidarlos.
El maestro terminó aquella explicación con una sonrisa. Como si hubiera hecho una broma con el agua y el jabón, ya que en aquellos días las hormonas y la falta de higiene jugaban malas pasadas en clase.
Tú también sonríes. Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Empower —susurras, sintiendo como tus músculos se hacen más poderosos nada más pronunciar el hechizo.
Ya eres rápida, pero inicias una carrera frenética en dirección al virus gigante. Éste, por un momento parece dudar, pero pronto continúa su carrera hacia ti.
Tienes que distraerlo lo suficiente como para llegar a los extintores y la boca de riego. Si todo sale bien, la batalla será breve.
Cuando estás a poco más de tres metros del engendro amagas un cambio de dirección hacia la derecha, con la esperanza de que tu contrincante muerda el anzuelo. ¡Ha picado! En ese momento, dejas caer todo tu cuerpo sobre tu pierna derecha, te impulsas con toda tu fuerza, saltando hacia el otro lado varios metros. Al caer, no te detienes y esprintas para llegar cuanto antes a tu objetivo, con la esperanza de que la treta te haya hecho ganar tiempo.

Llegas a la boca de riego, te giras, y observas que el virus está terminando de recuperarse de tu finta. Perfecto, todo según lo previsto. Ahora toca esperar a que esté más cerca. Un poco más, un poco más… ¡Ahora!
Abres la boca de riego con dificultad, a persa de tu super fuerza, y un chorro de agua a presión impacta de lleno contra tu enemigo. Éste, se para en seco y retrocede un poco.
Es ahora o nunca. Observas a tu alrededor, y ves una docena de extintores distribuidos por todo el almacén. Apenas te quedan unos minutos de super velocidad; tienes que aprovecharlos. Tomas el más cercano y empiezas a rociar al engendro mientras corres a por el siguiente. Has de darte prisa, la presión del agua se va agotando y, aunque parece que funciona, tienes que deshacerte de él por completo.
Sigues con tu carrera, vaciando un extintor tras otro. Notas que las piernas te arden. Los cuádriceps parecen a punto de estallar y tu respiración recuerda a la de un viejo tractor de labranza. Sin embargo, te fuerzas a seguir corriendo, recogiendo todos los rociadores que llegan a tu alcance. Cuando agarras el último, ya apenas trotas como calentando antes de una carrera. Cuando lo vacías sobre lo que era tu enemigo, apenas queda nada de él: una pequeña mancha verde que se diluye con el último tiro de espuma.
¡Lo has conseguido! Pero estás exhausta. Antes de que puedas reaccionar, te desmayas.
Cuando abres los ojos, la luz de la mañana te da los buenos días. Estás en tu dormitorio, en la Escuela de Caballeros y Damas de Dragón. Frente a ti, el maestro Sesyam, te mira con ternura mientras te sujeta la mano.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntas.
—Tres días.
—¡Tres días? —gritas, llena de asombro.
—Llevaste tus capacidades al límite —responde el maestro de portales—. Lo conseguiste, pero casi no sobrevives de puro agotamiento —termina—. Lo siento.
—¿Lo sientes? —preguntas aún más sorprendida—. ¿Por qué?
—Eso no era lo que tenía que pasar. Así no era tu prueba —dice con tristeza—. Iba a ser más sencilla, pero te encontraste con esto.
—…
—Te he propuesto como maestra adjunta, a mi cargo. Quiero enseñarte todo lo que puedas aprender.
—…
Sesyam sonríe y te suelta la mano con ternura.
—Mañana hablaremos con más calma. Termina de recuperarte y disfruta de tus vacaciones.
Estás abrumada. No sabes muy bien qué pensar, mucho menos qué hacer. El cansancio empieza a apoderarse de ti. Tienes que descansar. Mañana será otro día. Y, casi sin darte cuenta, te deslizas en un placentero sueño donde descansas en tu bosque sobre la hierba fresca de Emporiom.
FIN
https://view.genial.ly/5e8def92fba9d40d9e2ddc39/presentation-escuela-de-detectives
Estás sola. El capitán ha seguido tus instrucciones y ha salido como las balas para avisar a todo el que pueda. Estás frente al contenedor, esperando que lo que quiera que hay dentro lo haga saltar en pedazos y comience el baile. Estás preparada, física y mentalmente. Tienes tu magia, aunque tu poder no es ilimitado y tendrás que elegir muy bien qué hechizos usar antes de agotarte.
Repasas mentalmente todo lo que tienes: hechizo de rapidez, de fuerza, iluminación, inteligencia, tranquilidad, regeneración… No sabes lo que vas a encontrar, pero estás dispuesta a darlo todo.
El ruido de metal retorciéndose te saca de tus pensamientos y te hace mirar tu objetivo. El contenedor se está resquebrajando, comienzan las primeras roturas y, a través de ella, tu visión aumentada comienza a detectar los virus. Son cientos de millones de bolas feas con trompas por toda su superficie, minúsculas, ridículamente pequeñas que tu hechizo de visión verdadera te permite ver con todo detalle. En cuanto te detectan van hacia ti como un enjambre de mosquitos. Sin embargo, tu protección contra la enfermedad hace que resbalen sobre ti, revoloteando a tu alrededor sin hacerte daño. Bloqueas su percepción y te centras en lo que está a punto de salir.

Es tremendo. El contenedor termina de explotar, dejando al descubierto una criatura horrorosa. Una versión gigantesca, como un pequeño dragón dorado, de los microorganismos que te rodean. Te busca. Parece ser consciente de que sus pequeños soldados no pueden hacer nada contra ti, y se enfurece cuando los ve caer por no poder infectarte. De repente, todas sus trompas suenan a la vez, provocando una cacofonía disfónica que suena a cabreo del fuerte. Ahora levita, y comienza una lenta carrera hacia ti. Parece estar midiéndote, pensando la mejor forma de acabar contigo.
No sabes muy bien cómo hacerle frente. Le dijiste a Garrat que era un robot, pero no tienes muy claro que eso sea del todo cierto. Ahora que lo ves de cerca, parece un virus. ¿Cómo pudiste equivocarte aún con el hechizo activo? Tal vez, el contenedor…
El sonido insoportable vuelve a salir de sus trompas, atronando tus oídos y clavándote al sitio. Debes de estar dando una imagen patética. Pero, ¿qué puedes hacer?
Comienzas a moverte, haciendo que el engendro cambie de dirección, buscándote. Caminas en círculo a su alrededor, mientras piensas que puedes hacer. Parece que la fuerza física no te servirá en esta ocasión, pero no tienes una magia ofensiva que pueda derrotarlo con facilidad. Mientras caminas a en torno a él, vas observando el almacén: los extintores contra incendio y una boca de riego; los otros contenedores, perfectamente apilados, tal vez podrían servirte si almacenaran algo interesante; un panel de recarga de las carretillas mecánicas, electricidad, al fin y al cabo; y tus hechizos, seguro que alguno, combinado con cualquier cosa que haya por aquí debería darte, al menos, tiempo.
Ahora crees que es el momento de utilizar la rapidez. Te concentras brevemente y susurras la palabra mágica: quick.
Todo se ralentiza. Los nano virus estás casi parados; están muriendo. El engendro sin embargo no es tan lento. Has ganado velocidad, parece haberse dado cuenta de tu movimiento. Tienes un punto de ventaja, pero muy cortito. El bicho parece una caja de sorpresas.
Bien, ahora eres muy rápida, ¿qué vas a hacer con esa velocidad en los cinco minutos que tienes?
Ha llegado el momento de que tomes la iniciativa. Tanto si es una prueba como si está pasando en realidad, no puedes estar todo el tiempo quejándote o cuestionándote que haces aquí. O te vas o te quedas: no hay termino medio.
—Abra la puerta, Garrat —tengo ganas de acabar con esto y me importa un pepino si es una prueba o es real. Estamos aquí y vamos a terminar ahora.
No sabes muy bien si el tono que has utilizado, la determinación que demuestran tus palabras o la sorpresa por haberlas pronunciado hacen que el capitán te mire por primera vez en todo este tiempo con admiración y respeto.
—Claro, Rewa —asiente mientras pulsa un botón junto al almacén—. Ahora, tú mandas.
Algo en lo que acaba de decir tu acompañante te chirría profundamente en el cerebro, pero no es tiempo de pararse en esos menesteres. La puerta que tienes frente a ti se abre con el mismo sigilo que las demás de la estación y te deja el camino libre. Das un paso y penetras en lo desconocido. Se trata de una sala enorme, cuadrada, de unos cuarenta metros de lado. Algunos contenedores se apilan unos junto a otros en perfecto orden, a la izquierda. A tu derecha, sólo hay uno. Parece lanzado contra el suelo a toda prisa, como si quemara, y se encuentra completamente aislado.

—¿Cómo los introducís? —preguntas, recabando información.
—Desde arriba —responde Garrat, señalando al techo—. Hay unas compuertas que se deslizan y conectan con las dársenas.
Asientes. Tiene sentido.
—Así que ese es el motivo de que el contenedor —dices señalando el que piensas que es— esté como está. Un mal depósito.
El capitán se permite una sonrisa con tu chiste y asiente.
—Déjame que me prepare.
—¿Qué vas a hacer?
—Vamos a investigar un contenedor desconocido con un posible extraterrestre en su interior —repasas—. Ya estoy protegida contra la enfermedad, pero habrá que buscar herramientas para que la investigación sea rápida y certera.
—¿Y? —insiste.
—Voy a realizar un hechizo.
—Y tienes que buscarlo en tu libro… —Garrat parece decepcionado.
—No, pero…
¡A la porra! No tienes porque dar explicaciones ni impresionar a nadie.
True vision, susurras.
Todo se te olvida en cuanto el hechizo surte efecto. Lo sientes todo diferente: los sonidos son más intensos, más precisos; tu visión es más nítida, como los televisores humanos de última generación 8k; tu olfato te golpea con una fuerza que casi habías olvidado… y en ese momento miras el contenedor. Lo que ves te llena de preocupación y luchas para controlar el miedo como no recuerdas haber hecho nunca.
—Capitán, es mejor que se vaya y avise a quien tenga que avisar, esto se va a poner muy peligroso.
Garrat te mira a medio camino entre la sorpresa y el miedo. Qué te ha pasado a ti y qué es lo que estás viendo deben de ser algunas de las preguntas que pasan por su cabeza.
—Eso es mucho más peligroso de lo que pensábamos —dices por fin—. Efectivamente no es un ser vivo, ni siquiera un virus…
—¿Entonces?
—Es una máquina creada para esparcir multitud de agentes patógenos. El contenedor está completamente a reventar. Nos salva que esos contenedores son herméticos.
—Pues ya está. Dejemos a la dichosa máquina confinada.
Aspiras fuerte y te preparas para lo que ha de venir.
—La máquina está a punto de destrozar el contenedor. También tiene armas físicas. No sé quién nos mandó este regalo, pero quiere destruir toda vida conocida. Debe ir a informar, capitán.
—Y tú, ¿qué harás? —pregunta tu compañero, completamente aterrado.
Y terminamos el útlimo día de clase con el último de mis alumnos: Adam
Adam es un niño ejemplar. Resistente, trabajador y con un pundonor a prueba de bombas. Es muy servicial y está siempre pendiente de ayudarme en clase. Este año ha avanzado muchísimo y estoy muy orgulloso de él.
Toda la clase lo quiere y tiene unas ocurrencias peregrinas. Como decimos en mi tierra: Adam, eres más listo que el hambre.
Me ha encantado ser tu maestro.

Now it is Otis turn.
Otis is the kindest person I have ever met. He is always happy and helping his mates. He is a hard worker and very polite. When he is at ease in class, he is able to dance as a professional making all of us as happy as he.
Otis is English and has to face the classes in Spanish. He is a superhero.
My pleasure to be your teacher.
Ahora es el turno de Otis.
Otis es la persona más atenta que he conocido nunca. Siempre está feliz y ayudando a sus compañeros. Siempre trabaja a tope y es muy educado. Cuando está a gusto en clase, es capaz de bailar como un profesional, haciéndonos tan felices como él.
Otis es inglés y tiene que afrontar las clases en español. Es un superhéroe.
Un placer ser tu maestro.

¿Qué vas a hacer si no? Recuerdas a tu amigo Floren y lo que estaría diciendo en este momento: Deja a los p* virus y vámonos a casa. Sonríes, seguro que diría eso, pero iría contigo a investigar el contenedor.
—¡Vamos! —exclamas por fin—. Vamos antes de que me arrepienta.
El capitán Garrat sonríe con la mirada, que no con sus labios y comienza la marcha. Conforme avanza camino, parece que gana fuerzas y, a los pocos minutos, ya parece totalmente recuperado. No dejas de pensar que esto es una prueba, pero conforme pasa el tiempo, las cosas te parecen demasiado reales.
—No sabemos lo que vamos a encontrar —la voz del capitán se cuela entre la nebulosa de tus pensamientos. No sabes si ha dicho algo más, pero tu asientes, siguiéndole el juego—. Puede que sea un cargamento contaminado, algo en los conductos de ventilación de la nave o…
¡Uy, uy, uy! Esa “o” en el aire te ha hecho temer lo peor. Y Garrat ahí la deja. Parece que quiere que le preguntes.
—¡O qué! —chillas a punto de perder los nervios—. ¡Qué me voy a encontrar ahora?
O puede que haya una criatura extraterrestre que sea la causante de todo esto.
Por un momento te lo tomas en serio, pero luego recuerdas que el ordenador de abordo ha dicho que no había signos vitales en la estación.
—El ordenador ha dicho que no hay signos vitales en la estación.
—Los virus no son seres vivos —apunta el capitán—. Creo que hay algún tipo de organismo extraterrestre que nos ha infectado a todos y…
—¿Y piensas que hay un virus gigante, mandando nano virus para conquistar el mundo?
Casi te ríes, casi… porque el capitán Garrat está asintiendo a cada una de tus palabras.
—¡Venga! —insistes.
—¿Tan descabellado te parece? —Sí te lo parece. Claro que te lo parece. Un virus gigante conquistando el universo infectando…—. Una elfa, dama de dragón y conocedora de la magia del universo. ¿Sí?
Sigues pensando que es una locura, pero desde luego, una locura que podría tener sentido.
Los últimos metros del trayecto los hacéis en silencio. El descreimiento está dando paso a la sospecha, y ésta esta dejando su hueco para el miedo. ¡Por el Glaciar, que está harta de todo!
—Hemos llegado.
Efectivamente, habéis llegado. Estáis en frente a una puerta enorme en uno de los laterales de las dársenas.
STORE 01.
—Ordenador. Abrir —dice el capitán.
“Abriendo”

Las dos hojas de la puerta se deslizan hacia los lados sin hacer ruido, dejando a la vista un corredor de unos veinte metros con dos puertas a cada lado.
—Está en la puerta 2 —anuncia Garrat—. Dentro hay varios contenedores. El teniente Logan se las arregló para colocarlo en su lugar, no sé cómo, pero ahí está. ¿Entramos?